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Siguen los abusos en la fábrica de iPhones

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“Diseñado por Apple en California, ensamblado en China”. Esa es la primera frase que se lee al abrir la caja de un iPhone o de un iPad. Es una manera elegante de sortear el manido y muchas veces sospechoso ‘Made in China’. Pero a pesar de la originalidad de la sentencia, detrás de ella hay una aterradora realidad.

Al menos, eso es lo que ha revelado Brian Merchant. Este estadounidense ha sido el primer periodista en infiltrarse en la enorme fábrica que la empresa china Foxconn tiene en Longhua y en donde se ensamblan los productos de la manzana. Sus vivencias le han servido para escribir un libro titulado One Device, del que The Guardian ha publicado una extensa reseña.


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La fábrica de Foxconn se hizo famosa en 2010 por una serie de reportajes en los que se hablaba de un alto número de suicidios de los trabajadores de la planta (18 intentos de suicidio y 14 muertos), todo por culpa de unas condiciones de trabajo inhumanas: salarios bajos, jornadas interminables, empleados hacinados en barracones patera… La respuesta de Foxconn a estas informaciones todavía se recuerda: instalaron redes anticaídas en la fachada para recoger a todos aquellos que saltaran al vacío.

En su día Steve Jobs dijo que Apple había tomado cartas en el asunto y que había obligado a Foxconn a contratar psicólogos y a mejorar las condiciones de su plantilla, que por aquel entonces rondaba las 45.000 personas.

Desde entonces, poco o nada se ha sabido de las condiciones laborales de Foxconn. Solo que Apple decidió ensamblar otras partes de sus productos en otras fabricas chinas, aunque el grueso de este proceso se seguía haciendo en Longhua.


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No se ha sabido nada de este lugar sobre todo por la disciplina militar con la que sus responsables evitan las filtraciones a la prensa. Merchant revela que hay guardias de seguridad en todas las puertas. Los trabajadores deben mostrar su tarjeta identificativa cada pocos pasos. Y a los transportistas se les obliga a firmar dejando sus huellas dactilares.

Merchant explica en su obra que una de las primeras frases que escuchó al llegar a este lugar de China fue el de un joven que trabajó allí un año que le confesó que “no es un buen lugar para los seres humanos”. También que desde el escándalo de 2010 las cosas no han mejorado. “No ha habido mejoras desde las denuncias en los medios”. Esta fuente le contó que las jornadas laborales duran una media de 12 horas, los jefes agresivos y se habla de que las horas extras se pagan al doble, pero que nunca es verdad.

En el libro se explica que la fábrica tiene un alto grado de rotación: nadie aguanta más de un año. Y este hecho parece de lo más lógico al saber cuáles son las funciones de un empleado cualquiera: uno de ellos cuenta que pulía unos 1.700 teléfonos por día, o lo que es lo mismo, tres pantallas por minuto, durante un turno de 12 horas.


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Este ritmo infernal es la norma. Y no pueden haber interrupciones: los trabajadores deben permanecer en silencio y si alguien pide ir a la baño, se le amonesta.

Fuera de la fábrica la vida no es mucho mejor. Las casas son barracones que son gratuitos, pero luego Foxconn cobra unas altísimas facturas de gastos a sus empleados, mucho más elevadas de lo que suele pagar una familia en china. En los dormitorios, que están diseñados para ocho personas, suelen dormir doce.

Foxconn es consciente de que las condiciones no son las mejores. Por eso incluye una cláusula en los nuevos contratos por la que obliga a pagar una indemnización a todos aquellos que abandonen antes de cumplir los tres meses de prueba.

Y cuando alguien comete un error, recibe una reprimenda en público. “Es humillante” revela un entrevistado. “Muchas veces les hacen leer una promesa en voz alta, en la que aseguran de que no volverán a cometer el mismo error“.


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Un amigo de esta fuente se suicidó tras recibir una reprimenda y verse envuelto en una pelea. No pudo soportar más las situación y se mató. Pero su caso no llegó a los medios. “Aquí es así. Un día muere alguien y al otro día eso nunca pasó“, explica el hombre.

Toda esta entrevista fue realizada en las afueras de la fábrica. Pero por una casualidad, Merchant pudo entrar y caminar libremente por la factoría. Simplemente, pidió permiso para entrar e ir al baño. Y aprovechó el momento para darse una vuelta.

Lo más importante que vio fue que las redes antisuicidios, esas que levantaron una enorme polémica hace 7 años, seguían colocadas en los mismos lugares. “Las redes no sirven para nada, si alguien se quiere matar, lo hace y punto”, explica el ex trabajador.


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Merchant también vio instalaciones oxidadas, que en Estados Unidos estarían cerradas por violar las normas de seguridad. Pero lo que más le llamó la atención fue la cantidad de jóvenes con miradas perdidas y semblante triste. “No vi a nadie sonriendo, en ningún momento”. Todo lo contrario que pasa en la sede de Apple en California.

Fuente: yahoo

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